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OPINIóN

Máscaras y rostros

marzo 23, 2018

Redactado por: Simón Petit

Siempre se dice que los trapos sucios se lavan en casa, y quizá las condiciones para hacerlo no sean las más apropiadas a criterio de cada cual. En verdad la situación país no está fácil y no voy a esbozar razones que de sobra conocemos. ¡Qué hay gente pasando hambre!, sí, para qué negarlo. ¡Qué no hay control y, por lógica, corrupción en todos los niveles!, sí, y es una vergüenza y una lástima que se haya perdido tanto tiempo en querer formar a un ciudadano que no quiere ser.


Hace poco se hizo viral en las redes un artículo de Gianni Mastrangioli Salazar en el que reportaba que en Inglaterra prohíben a los venezolanos donar esperma. De acuerdo con el escrito, existe una lista de donantes indeseados conformada por algunos países del África, Haití y que ahora —vaya sorpresa— completamos nosotros. Aduce la prohibición al hecho de que estamos en una crisis humanitaria y que nuestro cuerpo no ha asimilado los suficientes nutrientes para garantizar una esperma de calidad y unos genes saludables que certifiquen un ciudadano de coeficiente intelectual lo suficientemente alto que permita a futuro proyectar a un hombre o una mujer ideal para la sociedad inglesa.

Independientemente de las definiciones en torno al país, la imagen que tenemos internacionalmente, sin duda alguna, se debe a un conjunto de factores políticos que en los últimos años han incidido y desencadenado a un desequilibrio en todos los aspectos pero también, evidentemente, se debe a un extraordinario trabajo mediático que se ha hecho por radio, prensa, televisión y redes sociales, donde gran parte de esa campaña de desprestigio la hemos hecho nosotros mismos con actitudes tan desesperadas que rayan en el absurdo, lo ridículo, lo infantil y vanidoso de querer tumbar un gobierno con ayuda foránea. Hemos desdibujado al país y al venezolano como tal, tanto que los comentarios y escritos en medios nos ubican como el ser más bruto e inepto que no tiene la capacidad de salir de su tragedia. Y a dónde lleguemos desde aquí hasta la conchinchina, nos están viendo, ahora sí, como el pedigüeño y muerto de hambre que molesta en el momento justo en el que alguien está por llevarse un bocado a la boca, y bien por necesidad o bien por fastidiar, los ojos tristones y el rostro de pendejo es lo que sobresale del venezolano. Nos hemos degradado hablando tan mal del país que la gente tan cuadrada y retrógrada de otros países así lo creen.

Siempre se dice que los trapos sucios se lavan en casa, y quizá las condiciones para hacerlo no sean las más apropiadas a criterio de cada cual. En verdad la situación país no está fácil y no voy a esbozar razones que de sobra conocemos. ¡Qué hay gente pasando hambre!, sí, para qué negarlo. ¡Que no hay control y, por lógica, corrupción en todos los niveles!, sí, y es una vergüenza y una lástima que se haya perdido tanto tiempo en querer formar a un ciudadano que no quiere ser.

Pero lo más triste es que nos hemos quitado la máscara definitivamente y aquel venezolano que simulaba ser buena gente, solidario, bonachón, despilfarrador, espléndido, etc., ahora resulta que es todo lo que habíamos criticado de otros hermanos latinoamericanos con sus defectos. Ahora somos tramposos, oportunistas, desleales, usureros, vividores, y todo lo malo que podamos imaginar; pero como la excepción también vale, no todo el que está afuera es así, como tampoco lo es el que está adentro. Sin embargo, ya tenemos la marca y así como se decía en tono xenofóbico en las décadas de 1970 y 80 —cuando teníamos la oleada de nuestros hermanos sureños y antillanos y sin condiciones tendimos la mano y los albergamos con gusto— que el colombiano si no lo hacía en la entrada lo hacía en la salida, esa generalización de la conducta de algunos pocos, nos predisponía a tener cuidado con ellos.

Así está pasando con los venezolanos en el mundo y toca desde ya iniciar la campaña de limpieza de imagen, teniendo un poco más de autoestima y empezar a trabajar duro en la reconstrucción del espíritu venezolano. Nuestro país es el mejor del mundo y por ello nuestra gente debe ser la mejor. Las diferencias con el gobierno y sus gobernantes son otro plano cuando se trata de mostrar un rostro distinto del que ahora los otros ven. Los escenarios para el debate y la contienda se mantienen y se mantendrán sea con este u otro gobierno; pero el venezolano debe reflexionar por todo lo que ha pasado y actuar con más serenidad e inteligencia. Debe levantar su rostro y seguir adelante.

 


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