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OPINIóN

Ser leal o desleal, he allí el dilema

abril 25, 2018

Redactado por: Simón Petit

Hago la remembranza para tomar como ejemplo el valor de la lealtad. Un valor que es una virtud puesto que la lealtad por lo general se asocia a la amistad y también a la fidelidad.


Recientemente leí una noticia que me cautivó: en Argentina, Capitán, un perro mestizo con algo de ovejero alemán y husky siberiano, murió en el cementerio de la localidad Villa Carlos Paz, en la provincia de Córdoba donde está enterrado su dueño desde hace 12 años. Capitán, que fue un regalo que Miguel Guzmán le hizo a su hijo Damián en el 2005, montaba guardia noche y día sobre la tumba de Miguel desde que murió en marzo del 2006 moviéndose de ella solo para comer o buscar apareamiento. Capitán apareció muerto tras un tiempo con problemas de salud y haber perdido la visión, reseña EFE. Eso me hizo recordar a Hachi: A Dog Tale (2009) una película protagonizada por Richard Gere en un film que versionaba la obra Hachikó Monogatori de Kaneto Shindo, basada a su vez en un hecho real. La trama de la película con Gere inicia donde un cachorro de raza Akita, criado por un monje budista en Japón, es llevado por encargo a Estados Unidos, pero la jaula donde estaba el animal se cae del portamaletas del vehículo que lo transportaba y se extravía en la estación de ferrocarriles donde el profesor de música Parker Wilson (Richard Gere) lo encuentra vagando.

Wilson decide llevárselo a casa y con el progreso de la película los dos desarrollan una entrañable amistad. Wilson tomaba el ferrocarril que lo llevaba a la universidad mientras Hachi se quedaba en la estación hasta la tarde cuando Wilson regresaba y los dos volvían a casa. Wilson muere de un infarto en la universidad y no regresa; pero el perro como era su costumbre, todas las tardes lo esperaba en la estación del ferrocarril esperando su llegada hasta que murió 10 años después en ese sitio. Lo interesante del caso es que en ambas historias la realidad supera la ficción. El verdadero Hachiko nació en Odate en 1923 y que tras la muerte de su dueño, el Dr. Hidesaburo Ueno en 1925, este volvía a la estación de Shibuya donde el can lo esperó día tras día hasta su fallecimiento en 1935. Tal acto de amor motivó que se erigiera a Hachi una estatua en una de las entradas de la estación.

Hago la remembranza para tomar como ejemplo el valor de la lealtad. Un valor que es una virtud puesto que la lealtad por lo general se asocia a la amistad y también a la fidelidad. Es honor y gratitud, es voluntad de servicio y en algunos casos, devoción personal; pero la rapidez en cómo evoluciona todo lo que gira en torno al ciudadano, repercute cuando el individualismo afecta la lealtad. Las aspiraciones, pretensiones y caprichos, son estadios que pasan a otro plano que va desdibujando ese valor. Y también, a veces, por miedo o temor se niega el afecto y la relación amistosa con el semejante, tal como lo hizo Pedro con Jesús al negarlo tres veces.

Lo cierto es que en la actualidad se habla mucho de lealtad y deslealtad. Algunos asumen la lealtad como una obligación que debe tener el otro para consigo porque “yo le he ayudado” o “porque es su deber” y cuando esto no sucede es un desleal que “para la próxima hay que bloquearlo”. Donde más sentimos esto es en el campo laboral y en la política. La lealtad es bueno decirlo, no es una obligación. Un derecho sí es, y también un deber. Ojo, pero un derecho en los términos en los que yo tengo derecho a decidir si soy leal o no. Y es un deber cuando la ética y la moral responden a una reciprocidad de empatía y circunstancias donde prevalece la solidaridad desinteresada.

En política muchas veces vemos con tristeza cómo aquellos que decían ser leales a una causa o misión a través de su líder, cambian de parecer cuando el hecho no le favorece. Se transforma en un farsante o hipócrita que ante los ojos del mundo, lo convierten en un traidor y eso nadie lo perdona. Estamos en una etapa de muchos farsantes y en consecuencia, de muchos traidores. Hasta dónde somos leales y cuándo dejamos de serlo, solo nosotros sabemos. Porque también sucede que el desencanto, la frustración y el desamor, inducen a lo que una vez fue, no será nunca más.

 

 


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