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OPINIóN

La democracia eres tú

mayo 20, 2018

Redactado por: Ana Cristina Bracho

Despertar de este sueño, del realismo mágico donde tendríamos presidentes con todas las respuestas, donde llegarían marines a repartir chicles como en las películas de la Segunda Guerra Mundial para devolvernos el habito de ir el domingo al cine o bajar a la Guaira o que podemos ir a otros países donde siempre nos tratarían como turistas y nunca como migrantes, esa cosa a la que Trump llamó “animales” esta semana. Nos llama a decidirnos y a cambiar.


Estamos a pocas horas de un evento electoral mayor. La misma apuesta que ha sido la revolución en toda su historia: decidir electoralmente nuestra suerte, en medio de escenarios cada vez más difíciles. Hace un año, por esta fecha, cada tarde contábamos, como en un inventario, los actos atroces que habían ocurrido. Ahora, contamos las amenazas y las sanciones, el desprecio radical por el derecho y sobrevivimos una apuesta declarada sobre cuánto es el máximo de dolor que aguanta este pueblo.

Hemos develado y denunciado esto desde hace años, hemos recordado que se parece a la estrategia final que utilizaron en Chile, y pese a eso ya contamos con años de aguante como medallas.
En ese escenario, la venezolanidad aparece partida en dos. Siempre en dos. En esencia o materia. En república o colonia. En alegría o tristeza. Los que apuestan a los senderos que transitó el comandante, se apuntan a esta idea, ser feliz no depende de que todo esté bien sino de querer lo que se hace, lo que se es, de soñar. Los otros han sido llevados de la tristeza al suspiro con la idea de que algún día este país dejaría de ser como es para parecerse a otro. ¡A cualquier otro! Colombia, Inglaterra, Chile o Perú…

Cualquiera de esos países que tienen calles que limpian otros, zonas rosas exclusivas, que la población se parece a lo que ellos sienten que son, que usan idiomas que suenan depurados de todas esas maneras sencillas con las que habla la gente. Donde se desayuna con churros y no con empanadas pero llega un tiempo, donde se descubre que todas estas cosas son frituras y son igual de malas.

Si una cosa ha pasado en estos tiempos y ha sido democrática es que ha terminado la era donde en la política existe el realismo mágico. Hacer un país no es una línea recta donde no se enfrentan dificultades ni un gabinete es una corte de leales hombres, sensibles y preparados.

El país es un escenario en permanente movimiento, donde contamos con enormes y nobles nombres; genios de los que sentirnos orgullosos y ese otro tanto de gente que no merece ni que la recordemos. En esta división no hay ni siquiera distingos políticos. Tenemos buenos y malos, en todos los lados, en todos los tiempos.

Despertar de este sueño, del realismo mágico donde tendríamos presidentes con todas las respuestas, donde llegarían marines a repartir chicles como en las películas de la Segunda Guerra Mundial para devolvernos el habito de ir el domingo al cine o bajar a la Guaira o que podemos ir a otros países donde siempre nos tratarían como turistas y nunca como migrantes, esa cosa a la que Trump llamó “animales” esta semana. Nos llama a decidirnos y a cambiar.

La democracia no es un sistema donde otro gobierna y yo me quejo. Quizás incluso, eso se parezca más a una monocracia donde uno haría el trabajo y nosotros sólo podríamos pedirle que cambie lo que hace, mediante suplicas. Una democracia es una historia en primera persona, porque eso, lo mas intimo es precisamente lo más político.

 


Foto/ Cortesía

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