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OPINIóN

La música de los árboles

septiembre 6, 2018

Redactado por: Alejandro Angulo Fontiveros

Extinto casi no sólo está el cardenalito, sino el “pájaro nacional”, que ya parece de “los amigos invisibles” de su defensor e intelectual eminente y aludí al turpial, cuyo muy hermoso y potente canto ya no se oye –al menos en Caracas– ni se admira su bello plumaje de oro y ébano. 


El Nobel español Juan Ramón Jiménez, en su bien hermosa elegía “Platero y yo”, decía que los pájaros “presumen un arroyo, presienten una fronda, y sólo tienen que abrir sus alas para conseguir la felicidad”.

Venezuela, como país amazónico, tiene una de las avifaunas más grandes del mundo (superior a las de EE.UU. y Canadá juntos) y nuncio del esplendor de la naturaleza. Brasil, con la mayor Amazonia, tiene la más extendida biodiversidad avícola. Caracas, muy probablemente, es surcada por la más variada (treinta y cinco especies) e ingente bandada de guacamayas, loros y pericos en el planeta, lo cual hace disfrutar y peligrar a los admirados conductores aunque no tanto como por los afiches de vértigo de mujeres despampanantes en bikini. Y como es la ciudad con más árboles en el universo (única con esa prodigiosa cordillera y el Ávila –“Waraira Repano” o “Montaña de Agua” a su vera) y una magnífica “fluvial floresta” –como en su poema* “Música híbrida” cantó el altísimo poeta Alfredo Arvelo Larriva– las aves, al arrullo de su portentoso gorjeo y en un magnífico espectáculo encantatorio, “presumen un arroyo, presienten una fronda”.

(En el cercano bosque preludia de repente / un pájaro sus trinos: dolida serenata / de algún moriche insomne, de alguna paraulata / que despertó en el nido, bajo el azul de fiesta. / –Y cuando suena suave su musical exordio / la floja flauta flébil en la fluvial floresta, / agrega el agrio grillo su agreste monocordio…).

Empero, esos seres sufren porque algunos mátanlos o róbanles su libertad. Son detestableslas chinas (primer regalo que en muchos países reciben los niños) y las jaulas. ¿Qué tendrán en la cabeza los enloquecidos individuos que matan a pedradas a tan primorosas criaturas? Esa conducta es repulsiva y de muy mal pronóstico, porque todo el montaje denuncia malignidad y una propensión de ánimo que reaparecerá en la adultez con distintas formas, por lo común criminosas. (Se sabe que los primeros actos crueles de muchos delincuentes fueron contra animales). Ha de ser muy desnaturalizado un padre para poner en las inocentes manos de su hijo niño un arma tan traidora como perversa, para que goce matando pájaros y así se envilezca. Acaso parezca injusto el condenar a la vez chinas y jaulas, porque se dirá que éstas no tienen la misma carga de vesánica maldad que lapidar pájaros y es verdad; pero la libertad es un valor tan supremamente importante que, si las avecillas “que llenan de música los árboles” pudieran escoger el mal menor, seguramente preferirían los “chinazos” que en andanada, cual en un patio de orates, descárganles los sanguinarios de turno y la muerte (muchas veces se destrozan al tratar de escapar) a sufrir el horrible encierro en malévolas jaulas que truncaron su vuelo y apenas les permiten moverse; pero sí ver a sus libres congéneres volar a placer. ¿Qué sentirán las personas que tal hacen cuando encierran pájaros e impídenles ser libres? ¿Qué así justifican su existencia? En mis viajes por las carreteras venezolanas compré muchas veces pájaros enjaulados a quienes los cazan y dos kilómetros después los ponía en libertad. Hace poco un pájaro entró a un balcón de mi casa y no podía salir; lo agarré (me picó) y lo lancé fuerte (gatos –únicos inculpables porque es mandato de su naturaleza– acechaban abajo) y cuando voló en limpia, rauda y hermosa trayectoria hasta entrar en la arboleda para libre esponjar en el boscaje, me sentí muy bien. Todo nace a ser feliz y a vivir libre…

No sólo peligran los pájaros por eso sino por el veneno que ponen en las bromelias sus cultivadores y dejan muchos pájaros tendidos. Es legítimo su interés de que no les dañen sus plantas (escarbando el arroz en búsqueda de insectos) pero lo evitarían, sin matar tántos pájaros, con sólo dar un rápido toque de manguera al corazón de las bromelias para quitarles el mortífero arroz que les cayó en la estantería. En Guárico envenenan (Furacín) el maíz al sembrarlo y matan muchos arrendajos y cotorras.

El ilustre Arturo Uslar Pietri enseñó: “Hay pájaros, como el maravilloso cardenalito, que está en vías de desaparecer de Venezuela: las trampajaulas, las chinas, la manía cazadora va a exterminar ese precioso animal, uno de los más bellos que habitan nuestro territorio (…) Que todo el mundo sienta que cuando alguien mata un pájaro, (…) nos está mutilando a todos, (…) El día en que todos tengamos esa conciencia, la obra de Henri Pittier estará cumplida y la sombra del anciano podrá sonreír, con su sonrisa bondadosa. Sonrisa que no podrá conservar mientras quede un niño con una china en la mano, mientras de la mano de un niño parta la piedra que va a destruir esa maravilla de la naturaleza que es un pájaro”.

Extinto casi no sólo está el cardenalito, sino el “pájaro nacional”, que ya parece de “los amigos invisibles” de su defensor e intelectual eminente y aludí al turpial, cuyo muy hermoso y potente canto ya no se oye –al menos en Caracas– ni se admira su bello plumaje de oro y ébano.

 

22 de mayo: Día Internacional de la Diversidad Biológica

 


Foto/ Cortesía

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