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OPINIóN

Los museos como templos de historia

octubre 4, 2018

Redactado por: Simón Petit

La historia no puede estar encerrada en los museos; pero es necesaria preservarla en lo que son esos objetos que en el plano espiritual, artístico y metafísico, conservan su energía.


La tragedia ocurrida hace algunos días en Brasil -una tragedia cultural como ha sido catalogado el incendio del Museo Nacional de Brasil-, nos lleva una vez más al debate por considerar que la cultura es una inversión y no un gasto, como desgraciadamente lo ven algunos personeros políticos.

De acuerdo con las notas de prensa, el incendio se produce por las condiciones ya insostenibles en cuanto a seguridad de las instalaciones e infraestructura del museo, además de la negación de los recursos financieros para la recuperación y mejoramiento integral de las mismas. Sin embargo, no existe hasta el momento una versión oficial de cómo sucedieron los hechos y quién sería el responsable.

“Daños incalculables” es el reporte abstracto que se maneja; pero lo más grave de este evento es que la historia de la humanidad vuelve a un punto de quiebre para las nuevas generaciones. Millones de piezas se han perdido con el incendio y con ellas todo lo que representa el tránsito del hombre y la mujer no sólo en el Brasil, sino en todo el mundo.

El Museo más grande e importante de Latinoamérica albergaba tradición, costumbre, modelos de usanza, obras de arte, etc., y hasta un meteorito que, obviamente, no sufrió daño porque es una roca que en su momento estuvo expuesto a altas temperaturas al irrumpir en la atmósfera.

Hace algunos años, cuando Bush ( hijo) decidió definitivamente invadir y destruir Irak, lo primero que atacó fue el Museo de Bagdad. Ese museo tenía las primeras tablillas en barro con escritura cuneiforme, comúnmente aceptada como la forma más antigua de expresión escrita.

Eran unas láminas con una data de más de 5000 años donde la historia persa estaba extraordinariamente reflejada en ellas. Esas tablillas fueron destruidas en los bombardeos; pero lo más  aberrante fue el saqueo de piezas únicas en su estilo por parte de los soldados estadounidenses y de los objetos de valor del museo que vendieron a las mafias coleccionistas como botín de guerra.

En ese entonces Bush fue etiquetado, con sobrada razón, como El Ladrón de Bagdad -en alusión a esa película que algunos contemporáneos pudimos ver en nuestra infancia-, porque en medio de una de sus habituales y recurrentes borracheras, comentó a vox populi que “si quieres destruir a una nación elimina su cultura y borra su historia”, consintiendo de manera expresa lo que ya estaban haciendo sus muchachos de la guerra.

Ocurrió algo similar en Siria con la destrucción del Arco del Triunfo en  Palmira y más de un centenar de monumentos históricos construidos en el siglo III DC, y también en Afganistán con la “demolición” a fuerza de balas de las estatuas de los Buda de Bamiyán, dos estatuas de 55 y 36 mts de altura cuya cronología se registra entre los siglos III y IV AC, todo eso gracias a la acción de los grupos Islámicos de Talibanes e ISIS, los niños malcriados de la CIA, ahora perseguidos por quienes los crearon en su terrorífico laboratorio.

Nuestros museos en Venezuela han sufrido también la desgracia. En 1999 con el deslave de Vargas, el Museo Castillete, la casa de nuestro más grande pintor de la luz, Armando Reverón fue destruido en su totalidad. Fue reconstruido; pero ya no es igual. Mucho de lo que tenía Reverón se lo llevaron las aguas y el lodo.

Por fortuna en Falcón, el Museo Diocesano fue recuperado en un proceso que tardó doce años aproximadamente para habilitar 100% las salas de exposición, gracias a la conciencia ciudadana y la voluntad política. Es el museo más importante de occidente y lo tenemos como testimonio no solo del trabajo de Monseñor Francisco Iturriza en la colección de las piezas, sino en los objetos que son históricos y que celosamente debemos proteger.

La historia, dicen, no puede estar encerrada en cuatro paredes; pero es necesaria preservarla en lo que son esos objetos que en el plano espiritual, artístico y metafísico, conservan su energía. El caso de Brasil es un complemento a la discusión inicial: lo que se invierte en cultura no es gasto ni pérdida de recurso financiero; por el contrario, es ganancia para el pasado, el presente y, por supuesto, el futuro.

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