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Cucúta: Turismo de paladar

febrero 25, 2019

Jose Manuel Gomez

Redactado por: El Universal

El desarrollo de la capital del Departamento del Norte de Santander, en Colombia, se palpa en sus calles y se refleja en su oferta gastronómica.


No puedo negar que el vallenato me ha contagiado desde que comparto mis días con una colombiana, y no es que a ella le guste ese estilo de música, es que inevitablemente la visita a su tierra se traduce en un baile con acordeón y un buen trago de aguardiente, ya esto abre con una perla el camino culinario que me conduce a un día de sabores que me pregunto si me serán extraños.

Comienzo entonces, el desayuno con pastel de arroz con carne molida y huevo, que confieso se parece mucho a ese que se come en San Cristóbal, con picante de cebolla picada incluido.

Claro está, la cercanía con Venezuela ha permitido que los ingredientes se fusionen y las recetas se amalgamen, al punto de no saber a ciencia cierta a donde pertenece cada cual, porque ambos lados de la frontera se disputan su autoría.

Este pastel que se compra en cualquier esquina, tienda de barrio o comedero popular lo acompaño con el refresco local, una Kola marca Hipinto, Postobón, o una Colombiana fría, no me animo con esa chicha de arroz fermentado que ellos llaman masato. Vamos paso a paso.

Mezcla gastronómica

Les hablada de la mezcla gastronómica que existe en esta ciudad, pero no les dije que esta se extiende más allá del territorio vecino. Resulta que lo que aquí se come también forma parte de la historia contemporánea de este pueblo y que en parte tiene que ver con un deporte que amo, el fútbol. Y bueno si, nuevamente con las ventajas que se obtenían de tener como compañero de al lado a una prospera Venezuela, pues de allí llegaban las reses por cantidades industriales y por eso durante muchos años la oferta de restaurantes se limitaba a carnes, carnes y más carnes. Pero también esto obedecía al arribo a estos lares de jugadores de balompié de origen uruguayo y argentino en una época dorada para la disciplina. Al instalarse, enamorarse, echar raíces y jubilarse estos buscaron negocios alternos y unos cuentos desembocaron en la industria de la comida. Se constata en uno de los locales más más famosos de la localidad: Lónderos Sur, propiedad del jugador argentino Hugo Horacio Londero, ubicado en el barrio Blanco de la ciudad. Un homenaje a las raíces del dueño, un halago a lo que le gusta comer al cucuteño. Cortes de carne gruesos, suaves y jugosos, no necesitan mucho más que sal para resultar apetitosos. Los pido término medio, me felicitan por mi gusto por las carnes rojas.

Sin embargo, esta no es la comida tradicional de Cúcuta. Hay que ir hasta la zona de Los Patios para conocer de boca de Fernando Hernández el relato de como el cabrito se convirtió en el plato típico del pueblo cuando en esa urbanización que en la antigüedad era asiento de haciendas se criaban estos animales y con tan solo tres o cuatro meses de edad se sacrificaban para comerlos. Resulta que sigue siendo este un servicio muy apetecido y en su restaurante, uno de los 20 que hay en el sector, se come guisado, frito, acompañado con yuca, arroz y ensalada. Con él conocí el acompañamiento perfecto para estos sabores, el refajo, que se obtiene de unir un refresco con cualquier tipo de cerveza.

Y fue Fernando, quien me recomendó también que si quería seguir probando el país con cubiertos me fuera hacia el centro y entrara en La mazorca, un restaurante que tiene más de 50 años de existencia y que regenta Kelly García, hija del matrimonio que inició el negocio. Allí se vende un poco de lo que se come en cada departamento del país. Si se busca conocer el Valle hay que pedir la chuleta caucana; cuando se llega a los llanos, el guisado de cola; la costa está representada en el bagre frito y por supuesto Antioquia se prueba en una bandeja o cazuela paisa.

Será imposible no sentir que se revienta el estómago al salir del edificio, pues las porciones son más que generosas, y lo apetitosa de la oferta invita a comer más de un plato. Pero como para mí nunca es suficiente comida, termino mi recorrido caminando por el Parque Santander con una bolsa de pan en la mano, la compre en la Pastelería La Mejor, me cuentan que tiene una tradición de muchos años y más de doce sucursales. Pruebo roscones rellenos de arequipe, panes con bocadillo, almojábanas, y unos pancitos redondos salados. Sonrío, porque sé que mi paladar podría acostumbrarse a esto.

 


Foto/ Cortesía.

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