Lo último

OPINIóN

Aquel Punto Fijo por Simón Petit

marzo 2, 2019

Redactado por: Simón Petit

Esa era la diversión de aquel Punto Fijo, la alegría de compartir y andar juntos en una ciudad de la cual celebro su ayer.


Para ese entonces en el liceo teníamos las tardes libres después de las 4 y luego de llegar a casa nos reuníamos en la cuadra para ir al centro. El tropel de chamos que salía de Banco Obrero, atravesaba el monte que ahora es el Parque Metropolitano y cruzaba la Rafael González para cortar camino por la Páez y llegar a la Mundial.

Allí hacíamos esa primera parada mientras veíamos en la Plaza del Obrero a los compañeros de clases, todavía uniformados, y en parejitas enamoradas que sentados en un banco se besaban para envidia de algunos.

Caminábamos hasta la esquina de la Japonesa y allí conseguíamos un pilón de panas entre los que se destacaban “malayerba”, “chucho conserva” y el “chino Valerio”.

Había más; pero de ellos no recuerdo sus nombres y otros sencillamente no los sé.

Por esa esquina pasaban las jevitas más lindas de Punto Fijo.

Pilonéabamos un rato y seguíamos recorriendo la Colombia hasta llegar a la esquina de la Falcón, donde también había otro grupo de muchachos dándole a la sinhueso en su mejor momento.

Aprovechábamos de ver la cartelera del Valles, y, contemplando las vidrieras de los negocios cercanos, que a diario exhibían la misma ropa y los mismos zapatos y los mismos accesorios y electrodomésticos que ya conocíamos–no sé por qué teníamos esa costumbre de ver siempre lo mismo-, el Pasaje Zeiter era otra de los descansos en la ruta, donde los fruteros y buhoneros competían a ver quien gritaba más en un canto de voces dispares para vender.

Pasando la Farmacia Popular un viento nos bañaba con el olor de pizza a la leña que salía de la Terraza Cortina y después cruzábamos la Zamora con esencias que venían de la perfumería espiritual Costa Azul, para finalmente llegar al non plus ultra del divertimento en la ciudad, el Cecosa.

En ese sitio era una maravilla disfrutar el paso de mujeres perfumadas y bien vestidas, algunas acompañadas y otras no, que iban a tomarse un café o un refresco para pasar el tiempo y decirle al día siguiente a sus amigas que estuvo en el Cecosa comprando no sé qué.

En algunas oportunidades me tocó escuchar tal simpleza.

Antes de regresar a la casa, porque ya casi eran las 7 de la noche, primero subíamos las escaleras de la pizzería Terraza La Fuente para ver a los peatones y los carros desde la planta alta y luego nos íbamos por la Bolívar hasta llegar a la Arismendi para hacer una parada en la Trevi y pedir una barquilla o una tinita, en el mostrador, porque nunca había mesas desocupadas.

Siempre estaban ocupadas por la misma gente de todos los días con los mismos cuentos de todos los días.

Ellos seguramente, también opinarían lo mismo de nosotros: “esos carajitos como que no tienen nada qué hacer, vienen todos los
días, comen barquillas y tinitas, y a joder”.

Nos metíamos en la Tomboy’s a ver qué había y a quién veíamos, y luego entrábamos en la Fuente de Soda Maracaibo para escuchar al portugués Silverio hablar de fútbol.

Ya en casa, después de la cena y de ver al Zorro y el Gran Chaparral, me reunía con los chamos en la esquina del gocho Medina para hablar de beisbol y otros temas de la época.

Al acostarme, solo pensaba en el día siguiente para volver al centro con los muchachos.

Esa era la diversión de aquel Punto Fijo, la alegría de compartir y andar juntos en una ciudad de la cual celebro su ayer.

Un Punto Fijo sin otra historia más que la nuestra y que sin darnos cuenta la estábamos construyendo.

Ciudad activa y pujante, tan ingenua, tan soñadora, tan orgullosa, tan creída, tan antes de que llegara la televisión por cable, los centros comerciales, los hoteles de lujo, las discotecas, los parques, la zona libre, y la ahora tan triste soledad de sus calles en el centro.


Foto/ Archivo

Etiquetas: , , ,