Opinión

Dar la vida por Antonio Pérez Esclarin

Día tras día, fue entregando sus fuerzas, su juventud, sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor. La entrega final fue el mejor sello a una vida de servicio a los demás.


El evangelista Marcos recoge en su evangelio unas palabras con las que Jesús resume el sentido de su vida: “El Hijo del Hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar la vida por todos”.

Normalmente, al escuchar estas palabras, pensamos en el sacrificio realizado por Jesús en la cruz y olvidamos que toda su vida fue entrega y servicio.

En realidad, la muerte de Jesús fue la culminación de un “desvivirse” constante a lo largo de los años.

Día tras día, fue entregando sus fuerzas, su juventud, sus energías, su tiempo, su esperanza, su amor. La entrega final fue el mejor sello a una vida de servicio a los demás.

Los cristianos somos, en consecuencia, seguidores de alguien que ha dado su vida por los demás, lo que nos exige entender nuestro vivir diario como servicio y don a los otros.

Lo más precioso que tenemos y lo más grande que podemos dar es nuestra vida.

Poder dar lo que está vivo en nosotros: nuestra alegría, nuestra fe, nuestra ternura, nuestra confianza, nuestra solidaridad, y sobre todo en estos días, nuestra esperanza que nos sostiene en la lucha y nos anima.

Derrotar la oscuridad por Antonio Pérez Esclarín

 

Dar la vida es siempre un gesto que enriquece, que ayuda a vivir, que crea vida, que rescata, libera y salva a las personas.

Pero, en estos días próximos a la Semana Sana, debemos también recordar que Jesús fue asesinado.

Y lo fue porque puso de cabeza los valores del mundo: en vez del poder para dominar, propuso el poder para servir; en vez del egoísmo, la solidaridad; en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.

Seguir a Jesús es entregar la vida para que todos tengan vida en abundancia; oponerse a todo lo que traiga injusticia, dolor, maltrato, explotación; ayudar a bajar de la cruz a tantos crucificados por la injusticia, la explotación, la represión y la miseria.

La escena es muy conocida: Un niño judío es sorprendido robando un pedazo de pan en Auschwitz, el campo de exterminio nazi. Para que sirva de escarmiento es condenado a morir en la horca frente a todos los presos del campo. Cuando se estremece agonizando, se escucha el grito desesperado de un presidiario: “¿Dónde está Dios?”.

Otro compañero de prisión responde con un leve susurro; “Ahí, en esa horca, está Dios”.

La teología de la cruz nos deja en claro que Dios no está con los violentos, con los que oprimen y maltratan, con los que pisotean la justicia para imponer su ambición y sus deseos de venganza.

Dios está siempre con las víctimas, con los que sufren injustamente, con los que son torturados y se pudren en las cárceles pòr atreverse a disentir, con los que son
crucificados por la ambición o por el poder.

Dios está con todas las víctimas de un poder abusivo y violento; está con los perseguidos por atreverse a proponer un país y un mundo diferentes; está con los que se solidarizan con el dolor de los inocentes; está con los que sufren la muerte lenta de no saber qué les está pasando a sus familiares presos o que se fueron del país; está con todas las víctimas del hambre, la opresión, o la violencia.

Semana Santa: Tiempo para entregar la vida a impedir que se sigan crucificando inocentes; para ayudar a bajar de la cruz a las víctimas del odio, la miseria, la falta de luz, de agua, de comida y medicinas.


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Josmary Escalona

Periodista principalmente de la fuente política que también hace diarismo, entrevistas y trabajos especiales sobre temas que la población desea conocer.

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