Sucesos

Crónica Negra | Los policías no querían información, sólo ultrajarlas

La mayoría estaba presa por drogas, pero había incluso quienes estaban siendo procesadas por homicidio, eran cómplices de algún secuestro o sicariato.


Cuando las mujeres vieron a los policías tapando con teipe las cámaras con las que grababan lo que ocurría en el pasillo, temieron lo peor. Fue una de las reclusas la que sintió los ruidos y de inmediato sacó un espejito que siempre cargaba consigo y los vio. Dio la alarma y en cuestión de segundos todas las mujeres entraron en estado de alerta. Ya iban a ser las dos de la mañana.

Estuvieron largo rato en vela y, como el sueño se les había espabilado, aprovecharon para ordenar un poco la celda mientras otras se pintaban las uñas de las manos y los pies. La mayoría estaba presa por drogas, pero había incluso quienes estaban siendo procesadas por homicidio, eran cómplices de algún secuestro o sicariato.

La negra Micaela

Ellas sabían que algo se traían entre manos los funcionarios. Tanto así que varias enviaron mensajes de texto a sus familiares: “Pendientes que hay algo raro en los calabozos. Hace rato vinieron unos policías y le pusieron teipe a las cámaras”.

La última vez que vieron algo parecido fue cuando golpearon a Micaela, una mujer morena y fornida cercana a los cuarenta años, a quien se llevaron una madrugada y le dieron una golpiza de padre y señor mío, que ameritó que estuviera tres días en la enfermería antes de traerla de vuelta al calabozo.

Eran tres hombres. Abrieron el calabozo y la llamaron por su nombre. La negra no respondió, sino que se quedó tumbada en la cama. Uno de los petejotas se le acercó y le dio con el pie. “¿Qué pasó negra. Te volviste sorda o qué. No oyes que mi inspector te llamó?”, inquirió.

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La mujer no se inmutó y respondió en voz alta “Y más o menos como para qué me quiere tu inspector a esta hora. Que yo sepa ahorita no la dejan libre a una ni la llevan a los tribunales”.

Entre varios intentaron dominarla por la fuerza, pero la negra se incorporó y noqueó a dos de los policías, quienes pidieron refuerzos. La sometieron entre siete hombres y se la llevaron, en medio de las protestas de sus compañeras de celda y los gritos infructuosos en demanda de auxilio.

La mujer fue sometida a crueles castigos: le pegaban a cada rato; la mantuvieron durante toda una noche guindado de los brazos en el patio; le echaban baldes de agua helada, le volvían a pegar.

Cuando la regresaron al calabozo, dos días después, casi ni podía caminar y orinaba con sangre. Tenía una herida en la ceja derecha, un labio partido y varios moretones en el cuerpo. “Esos coños de madre se ensañaron, pero les aguanté la pela. Están apendejiaítos.

Querían nada más y nada menos que les dijera dónde el negro tiene la caleta. Ta bien pué, ya está que se los voy a decir… Hasta corriente me metieron los muy malditos! Como se ve que no conocen a la negra Micaela”, aseguró cuando fue interrogada por sus compañeras de celda.

Máxima tensión

En esta ocasión los agentes sólo taparon las cámaras y se marcharon. Las mujeres esperaron un rato, pero en vista de que nada pasaba, la mayoría terminó por dormirse.

Varias roncaban, como si estuvieran en una competencia para ver quién de ellas lo hacía más fuerte. La celda se sentía calurosa y maloliente, pero ya las mujeres se habían acostumbrado.

María Esther se levantó sobresaltada cuando escuchó que la reja del calabozo se abría. Solo vio dos sombras que se movieron sigilosamente hasta el grupo.

“¿Qué vaina es lo que es? Quién carajo son ustedes y qué coño quieren aquí a estas horas?”, gritó, intentando alertar a sus compañeras. Los hombres traían a dos de las mujeres a rastras.

Cuando María Esther intentó interponerse recibió una descarga de parte de uno de los policías que llevaba un rolo eléctrico, de esos que se utilizan para controlar el ganado.

También amenazaba a las mujeres que habían despertado y comenzaron a gritar en señal de protesta aunque ya sabían que nadie les haría caso.

Las dos detenidas sacadas de la celda tenían menos de quince días presas. Una era procesada por lesiones, luego de partirle una botella en la cabeza al que era su marido y que siempre solía asestarle severas golpizas; y la otra, por estafar a un grupo de gente por internet asegurando que tenía contactos con funcionarios del programa “Mi Casa Bien Equipada” y podía ingresarlos en la lista de beneficiarios a punta de plata.

Policías violadores

Pero en este caso los policías no estaban interesados en sacar información o en que delataran a nadie. Metieron a las mujeres en un cuartico y las golpearon con saña, incluso según ellas contaron después, les metieron electricidad, y además dijeron que mientras a una la esposaron a una cama y le taparon la boca con teipe, a la otra la violaban los dos funcionarios: luego las cambiaron para ultrajar a la compañera.

Un rato después, regresaron y con ellos los abusos. No fue sino cuando ya iba a amanecer que las devolvieron a la celda.

Denunciados

Fue la negra Micaela quien insistió en denunciarlos. Ellas no querían porque estaban muertas de miedo, pero la negra las convenció de que era importante hacerlo, pues de lo contrario las agarrarían de sopita y buscarían violarlas cada vez que les diera la gana.

Tras convencerlas, fue la primera que comenzó a enviar mensajes de texto a la calle y luego lo hicieron todas las demás. La información se regó como pólvora y llegó a oídos de las autoridades.

Días después, a media mañana, llegó una comisión del Ministerio Público y entrevistó a varias de las reclusas. “Fíjense que todavía están tapadas las cámaras de seguridad. Estaban tan entretenidos que se les olvidó quitarle los teipes”, les dijo la negra.

Las dos detenidas fueron llevadas a la morgue de Bello Monte donde les practicaron un examen médico legal y dos días después las llamaron junto a otras detenidas para que participaran en una ronda de reconocimiento.

Algunos de los compañeros de los policías involucrados intentaron infructuosamente amedrentar a las detenidas.

La Justicia

Ocho días después, a solicitud del Ministerio Público, fueron privados de libertad los funcionarios Yonkeyver DíazDiego González Júnior Ramos, “por su presunta responsabilidad en la comisión de actos carnales contra dos mujeres detenidas en la sede de la División de Captura del mencionado organismo, en El RosalCaracas”.

Fueron imputados como autores del delito de acto carnal, con víctima especialmente vulnerable. El Tribunal 4º de Control de Caracas dictó la medida privativa y ordenó recluirlos en el Centro Penitenciario Metropolitano Yare III, en el estado Miranda.


Foto/ Cortesía
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Josmary Escalona

Periodista principalmente de la fuente política que también hace diarismo, entrevistas y trabajos especiales sobre temas que la población desea conocer.

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