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Opinión | Los Almendrones de la Industrial, por Simón Petit

Quien haya estudiado allí en esos años, seguramente, con la nostalgia del caso, recordará las huelgas, los enardecidos discursos, sus pasillos, su patio, la guerra de comida, las canciones, las siestas, el chalequeo, los besos, y por supuesto, el sabor del almendrón bajo su sombra en un mediodía soleado y tranquilo de la ciudad recién llegada.


Corría 1977, y el estar en una infraestructura cuya fama de estudiantes era bien ganada por las anteriores promociones como la de unos jóvenes con una proyección y perfil profesional promisorio, y que a su vez se unía a la de unos aguerridos muchachos con un currículo de logros en las luchas y reivindicaciones estudiantiles, hacían que mi pecho se llenara de orgullo ante el resto de los amigos que habían optado por estudiar ciencias o humanidades y no un bachillerato técnico.

El patio de la Industrial era amplio; aunque con los años al verlo ya con los hilos de plata en mi cabeza, no lo es tanto. En todo caso, lo veía y lo sentía inmenso, sobre todo cuando tocaba estar a la mitad de un discurso político de la época en voz de un Henry Baldayo o un Omar Pérez.

A pesar de vivir muy cerca de esa institución, me daba el capricho y el gusto de quedarme en horas del mediodía para almorzar con aquellos estudiantes que por su condición de escasos recursos económicos y vivir distanciados del liceo, tenían el derecho al comedor, donde siempre me colaba cuando alguien faltaba y entonces sobraba una bandeja de comida.

La fila para comer comenzaba bien temprano. Había quien desde las once y cuarto ya reservaba su puesto para estar en los primeros servicios que por lo general venían bien cargados y resueltos. Indudablemente que en esa etapa de la adolescencia, el chalequeo que ahora llaman bullying estaba a la orden del día. Y ¡ay de aquel! que se molestara por alguna broma que rayara en el abuso porque después el trato era peor.

Comíamos en unos mesones que estaban en un techado con un escenario que servía de auditorio para las actividades culturales y académicas. En una que en otra ocasión cuando la comida era mala, comenzaba una guerra de panes y frutas que terminaba en pelea generalizada.

Pero cuando quedábamos llenos y satisfechos, muchos se retiraban a los salones a dormir la siesta y otros nos íbamos a los espacios que servían de jardines donde estaban sembradas perimetralmente a la Industrial, algunas matas de almendrón y uva de playa. Ese momento en verdad era placentero, porque además de la gentil sombra, había un silencio que permitía que uno durmiera y descansara la hora para continuar las clases de la tarde.

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Algunas veces, Henry Baldayo se llevaba una guitarra y comenzaba a cantar canciones de La Gran Fogata y después algunas de protesta porque no perdía la oportunidad de poco a poco ir formando el batallón para la lucha. Nos reuníamos alrededor de él y cada cual tomaba la guitarra y cantaba lo que se le viniera en gana. Llegaba un punto en que teníamos una interesante audiencia y los enamorados pedían baladas de amor y románticas del momento.

Eso también daba pie a que discretamente se retiraran bajo alguno de esos almendrones y dieran rienda suelta a su pasión con besos y apretones cuerpo a cuerpo. Allí estaba el Pelusa con su novia. El estudiaba Construcción Naval al igual que yo, solo que estaba un año adelantado.

Se iba con Nelly a la parte posterior de los talleres y allí aprovechaba el mediodía para comerse “el postre” con ella. Igual hacían otras parejas, y la gran mayoría nos dedicábamos a bucear o bien a seguir cantando o durmiendo, porque habían pocas muchachas estudiando la rama técnica en esa época.

Recuerdo «al Pelusa» con mucho cariño porque antes de terminar el año escolar murió en un accidente de tránsito. Fue un día triste. Todos los que le conocíamos fuimos al velorio y al ver a la pobre Nelly llorando sobre la urna, venía a nuestra mente esa fotografia de ella y Pelusa en los almendrones.

Lo cierto es que al llegar la paridera de esas matas, llenábamos bolsos de almendrones que era lo que más había. Almendrones verdes, amarillos, de concha ocre, dulces, amargos, en fin, tanto que por un tiempo los aburrí y no los comí más al salir de la Industrial en ese año, para continuar luego mis estudios en el Astillero Escuela de Carirubana, donde por cierto los muchachos del salón sembramos algunas semillas de almendrón con la idea de continuar ese espíritu estudiantil y la imagen mater de la Industrial.

La cerca de ciclón que permitía la vista al liceo fue reemplazada por una de bloque y concreto y no se vieron más desde la calle esos almendrones que adornaban a la Industrial. Hace algún tiempo, entré a mi casa de estudios diversificados; pero con tristeza vi que ya no existían los almendrones ni las uvas de playa.

Solo unos troncos secos, derruidos en un paisaje vetusto y descuidado a lo que fue ese esplendor de mi adolescencia. Quien haya estudiado allí en esos años, seguramente, con la nostalgia del caso, recordará las huelgas, los enardecidos discursos, sus pasillos, su patio, la guerra de comida, las canciones, las siestas, el chalequeo, los besos, y por supuesto, el sabor del almendrón bajo su sombra en un mediodía soleado y tranquilo de la ciudad recién llegada.


Foto/ Cortesía

 

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Gerardo Morón Sánchez

Periodista falconiano, a cargo de la fuente de sucesos, policial y judicial, también información general. Becario de la FNPI e Integrante de la Red Iberoamericana de Periodistas. Diario Nuevo Día "Periodismo que Integra".

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