Opinión

FE Y VIDA| Más allá del bien y del mal

La moralidad más que un conjunto de normas de una élite bien formada, constituye una dimensión fundamental de la persona.


La obra del célebre filósofo Federico Nietzsche, titulada de modo semejante al presente artículo, causó furor cuando fue publicada en el año 1886 pues planteaba un cambio radical en la moral tanto en sus formas como en sus contenidos.

Afirmó que las ideas del bien y del mal debían superarse como una condición indispensable para alcanzar el fin último del hombre.

La moral debía desaparecer y dar paso al instinto, al gusto, al placer; la voluntad de poder sería la fuerza que impulsaría al hombre en tal superación de sí, todo lo demás vendría a ser una domesticación del ser humano que lo haría manso, “cristiano” en sentido peyorativo.

Quizás nuestro autor no se percataba de las consecuencias de vivir más allá de la moral. Cuando en una sociedad no se respetan parámetros comunes morales, todos los ciudadanos caminan peligrosamente hacia la anarquía y destrucción.

La moralidad más que un conjunto de normas de una élite bien formada, constituye una dimensión fundamental de la persona y de la sociedad.

Una dimensión que canaliza las voluntades y potencialidades de la persona, que limita los excesos y permite crecer junto a las demás personas sin necesidad de superarlas o aniquilarlas.

La moralidad engrandece y ennoblece tanto a quien la vive como a quienes le rodean, creando un ambiente de armonía y felicidad estable; saca al individuo de la fatalidad del egoísmo-animalidad y lo proyecta hacia ideales más elevados, le hacen persona en búsqueda del bien común.

Visto desde esta manera, la moral es una necesidad fundamental de toda persona y de toda sociedad que pretenda crecer y alcanzar la paz y el bienestar.

La búsqueda de la justicia y la honestidad, la promoción de las virtudes y la verdad humanizan y socializan a la persona; además de favorecer relaciones humanas profundas y sinceras que liberan a la persona de su instinto depredador para dar paso al otro como ser necesario, digno y libre.

Pero Nietzsche fue un filósofo de su tiempo y, además, del nuestro. Hoy asistimos con estupor a una crisis de la moral en muchos ámbitos: en lo político, en lo económico, en lo familiar, en lo religioso, en lo público y en lo privado.

Asistimos a una auténtica transmutación de los valores, donde defendemos los derechos de los animales y de la mujer por un lado y, por el otro, promovemos la cultura del descarte, del aborto y eutanasia.

Donde somos capaces de horrorizarnos por el holocausto nazi y estar de acuerdo con la manipulación genética, la carrera armamentista y las
películas de acción que promueven una cultura de la muerte.

Una sociedad en la cual los valores cristianos comienzan a sobrar o estorbar y en la que se absolutizan ideologías materialistas que terminan haciendo de la persona una cosa manipulable; en ella es preferible arrodillarse ante personas e ideologías y proclamarse ateos o indiferentes, que mostrar las propias creencias y convicciones de fe.

Y en medio de esta oscuridad tan profunda del mundo, los cristianos estamos llamados a ser luz y sal.

Si bien es cierto que no siempre algunos cristianos hemos sido ejemplos de moral por nuestros desaciertos e incoherencias, no por ello queda mudo el mensaje cristiano y la llamada a la conversión.

Es necesario reaccionar y no estar a la expectativa para ver en qué termina el mundo, hace falta revestirnos de coraje y de valor para seguir anunciando el evangelio como alternativa válida, como propuesta que salva al ser humano y al mundo de la corrupción.

Volver la mirada hacia las virtudes: justicia, verdad, caridad, templanza, prudencia, magnanimidad.

Elevar al ser humano del plano de las necesidades fisiológicas básicas a la búsqueda de la construcción de un mundo más humano y cristiano es una urgencia, pues hace concreta la utopía de Reino de Dios.

Quizás los cristianos estamos invitados a vivir la moral más allá del bien y del mal como Jesús.

Él nos enseñó que no hay amor más grande que dar la vida por la persona amada, que es necesario amar a los enemigos y orar por los que nos persiguen.

De alguna manera el amor vence todo tipo de límite y es una forma de superación de la moral movida por el espíritu y no por los deseos de las pasiones.

El que ama de verdad y como Jesús está más allá del bien y del mal, está en un plano donde converge lo místico y lo cotidiano, donde se hace visible el rostro de Dios que es caridad, servicio generoso y permanente.

Jesús nos enseña que para alcanzar la plenitud de nuestras vidas no es necesario ver al otro como rival o enemigo, sino más bien como compañero de camino incluso si, movido por sus heridas y carencias humanas, llega a convertirse en nuestro enemigo, nunca dejará de ser hijo de Dios y como tal nuestro hermano.

Como nos dirá san Pablo en II Cor 5,17: “Por tanto, el que está en
Cristo, es una nueva creación; pasó lo viejo, todo es nuevo”.

Y así vamos descubriendo una verdad muy profunda: la moral cristiana es un rosario de virtudes y valores novedosos que conducen a la fraternidad universal y cósmica.

En ella no se instrumentaliza ni a las personas ni a la creación, pues todos a su modo tenemos un mismo origen divino.

Somos todos creados, grandes y dignos. Nada ni nadie sobra, todos somos necesarios, en tal reciprocidad de reconocimiento yace la voluntad de amar, la cual suplanta la voluntad de poder.

Así este mundo se convierte en hogar, más allá del bien y del mal, transmutado por el evangelio del amor en un adelanto del Reino de Dios.

Etiquetas
Mostrar más

Josmary Escalona

Periodista principalmente de la fuente política que también hace diarismo, entrevistas y trabajos especiales sobre temas que la población desea conocer.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar