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Opinión| La mayor necesidad de las familias venezolanas es Cristo

Reconocer la supremacía de Dios también en el orden de las necesidades humanas es tarea de toda la Iglesia.


Las familias y cada persona tienen necesidad de Cristo, fuimos creados por Él y para Él (cf. Col 1, 16-17).

Hoy se suelen denunciar tantas carencias que padecen las familias venezolanas: agua, combustible, alimentos. Todas ellas son de orden material y aunque existen otras de orden moral (justicia, verdad y libertad) las primeras son las más conocidas.

Esto no es casualidad, las ideologías ateas, tal es el caso del comunismo,
reducen el hombre a lo material, eliminando su dimensión moral y espiritual.

Si algo se le debe a Marx es hacernos conscientes de que el hombre es un ser de necesidades. No obstante, debemos negar rotundamente que estas sean únicamente materiales; la realidad evidencia la falsedad implícita en el postulado “teniendo el estómago lleno, un techo y vestido el hombre se realiza plenamente”.

Cuando lo material es lo único que se exige, en la dramática situación que atravesamos como país, estamos ante los síntomas de una profunda decadencia moral y espiritual.

Algunos imaginarán que los cristianos estamos fuera de tal decadencia. ¡De ninguna manera! La lucha por conseguir el pan material y cubrir otras necesidades es de todos: sacerdotes, religiosos y laicos. Pero, precisamente en esta situación de la que nadie se escapa, los cristianos están llamados a jerarquizar sus necesidades, Cristo es la primera y fundamental de ellas.

Sólo Cristo sacia los anhelos más profundos del corazón, lo cual no quiere decir que únicamente responda a lo espiritual, Él no se desentiende de las necesidades materiales, puesto que nos invita a pedir el pan de cada día a nuestro Padre Dios.

Sin embargo, nos enseña que ante todo debemos buscarle a Él, su Palabra. El milagro de la multiplicación de los panes ocurre cuando la gente se reunió en torno a Jesús para escucharle, para ello habían dejado todo lo demás, con lo cual se indica que la primera necesidad manifestada por aquellos hombres fue la de la Palabra de Dios, porque “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

Cristo es la primera necesidad y el bien más importante para el hombre, por ello no temió en confesar el jesuita Alfred Delp, ejecutado por los nacionalsocialistas: “El pan es importante, la libertad es más importante, pero lo más importante de todo es la fidelidad constante y la adoración jamás traicionada”.

Muy lejos estaba Marx, y quienes hoy gobiernan teniendo por base su doctrina, de reconocer que Jesucristo es el mayor bien que puede poseer el hombre sobre la faz de la tierra.

Reconocer la supremacía de Dios también en el orden de las necesidades humanas es tarea de toda la Iglesia.

El mayor bien que ella posee es Cristo, si no vive esta verdad, corremos
el riesgo de convertirnos en una ONG.

La gente espera encontrar a Cristo en la Iglesia, tener un encuentro personal con Él.

Cuando ocurre tal encuentro la totalidad de la existencia toma sentido y aunque existan necesidades de orden material el corazón se abre a la esperanza, a la fe en la providencia; más aún, la relación con Cristo lleva al heroísmo del compartir con los demás.

Cuando decimos que la Iglesia posee a Cristo nos referimos también a la familia, iglesia doméstica. Habitando en ellas, las “constituye sus testigos y les dota del sentido de la fe y de la gracia de la palabra para que la virtud del Evangelio brille en la vida diaria familiar” (FC 86).

En este sentido, vivir unidos a Cristo por la Palabra, la oración y la caridad es un don y un deber de cada hogar.

La Iglesia es en Cristo como un sacramento, es decir, lo hace presente. Ante todo por medio del testimonio, pero además debe anunciarlo explícitamente a los hombres.

Teniendo a Cristo en medio se le puede comunicar. Quien descubre su mayor bien en el Evangelio no puede callarlo, espontáneamente lo brinda a los demás porque sabe que allí está la mayor riqueza del hombre.

Hoy somos protagonistas de una realidad que nos abruma, muchos padres y madres de familia lloran en la angustia de no tener con que alimentarse ellos ni sus hijos, lloran por tantas necesidades pero vemos una diferencia abismal entre quienes tienen a Cristo y los que no a la hora de afrontar dicha situación.

Los primeros esperan confiados, oran –aunque con gemidos– y son capaces de compartir lo poco; los segundos, viven terriblemente atribulados, con ideas suicidas y para satisfacer lo que requieren llegan incluso a robar y
matar.

Ante ello no podemos sustraernos de evangelizar, llevar a Cristo, reconociendo que Él es la mayor necesidad de las familias venezolanas, con lo cual se restablece el hombre integralmente.

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Josmary Escalona

Periodista principalmente de la fuente política que también hace diarismo, entrevistas y trabajos especiales sobre temas que la población desea conocer.

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