Opinión

Entre Comala y Macondo

Macondo es vida, jolgorio, alegría, jarana. Comala, en cambio es muerte, desolación y una infinita tristeza, sin luz y sin aliento.


No creo que exista en el imaginario latinoamericano creatividad arquetípica como estas dos localidades, donde nada nos asombra, y donde el tiempo y la vida transcurren sin orden ni concierto.

Juan Rulfo, Méjico (1917) y Gabriel García Márquez, Colombia (1928), son los artífices de tan singular invención.

Algún crítico anotó por allí, que si no se hubiese creado Comala no existiría Macondo. Destacando subrepticiamente la influencia de Rulfo sobre García Márquez. En mi opinión son escritores esencialmente distintos.

Si partimos del medio en que cada uno de ellos actuó, su personalidad y su formación literaria, podemos destacar las siguientes peculiaridades, entre ambos y, por supuesto, cómo se refleja en sus obras. Veamos.

Juan Rulfo es un hombre tocado en su interior por un período de violencia que se llevó a su padre. Los revolucionarios y, entre ellos los cristeros, mantenían en zozobra al pueblo mejicano. Si le agregamos el culto a la muerte y la alegría de festejarle -que para nosotros es una tradición macabra-, aunado a esto, la misma personalidad del autor: introvertido, huraño, poco sociable y con la carga genética de la violencia, no nos debe extrañar que su obra proyecte estereotipos consustanciados con su manera de ser.

De ahí Comala, pueblo fantasma, donde los muertos hablan con los muertos, la intemporalidad en que se mueven los personajes en ese mundo rural《donde anida la tristeza 》y la desesperanza son proverbiales confirma en Pedro Páramo, un correlato de sus cuentos anteriores. Por el contrario, el de Aracataca es de una personalidad extrovertida, alegre y bonachón; disfruta los sabores y la música costeña; nada que ver con la enlutada y friolenta condición de los cachacos bogotanos. La soleada costa caribeña y su infinita imaginación, ubicaron a Macondo, en una región luchadora asiento de la rebelión platanera, que será recreada con los inagotables recursos literarios del autor en el lugar donde confluyen lo real

con lo maravilloso; un tiempo que fue y no fue; una sucesión de 6 generaciones que viven lo trágico y lo cómico simultáneamente: el circo, el hielo, las levitaciones de Remedios La Bella, Melquíades, mariposas amarillas, incestos, lluvias que son un diluvio. En fin, todo es hiperbólico y fantástico y se confunde con lo real.

Macondo es vida, jolgorio, alegría, jarana. Comala, en cambio es muerte, desolación y una infinita tristeza, sin luz y sin aliento.

El final de las dos novelas, para más asombro, nos muestra a Pedro Páramo en su encuentro con la muerte se va desmoronando como si fuera un montón de piedras y en el otro texto, el no menos inconcebible rabo de cochino que castiga una culpa ancestral.

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