Opinión

Voltaire

Un grupo de pensadores franceses, ingleses y alemanes iconoclastas y audaces, proclaman la confianza en la razón y la no dependencia en lo divino; por el contrario, el culto a la naturaleza como impulso vital.


Estamos justamente en medio del siglo XVIII, parece que el piso se mueve, la vida política, social y espiritual se resienten, pues la ordenación jerárquica de las sociedades, los valores existentes y el sólido arraigo de las creencias religiosas, entran en crisis y nuevas expectativas de carácter transformador, tienden a la sustitución del viejo orden que venía desde El Renacimiento marcando la pauta. Dos siglos que venían alambicando lenta y sostenidamente los cambios que serán la génesis de una nueva época: el derecho natural se contrapone al derecho divino; las creencias cristianas, especialmente los dogmas, caen en entredicho y, las clases sociales ya reclaman, aunque tímidamente, sus derechos.

Todo es sometido a revisión. Un grupo de pensadores franceses, ingleses y alemanes iconoclastas y audaces, proclaman la confianza en la razón y la no dependencia en lo divino; por el contrario, el culto a la naturaleza como impulso vital, lo que descarta la obra de Dios. Es así como en 1751, aparece la gran obra de La Ilustración, la famosa Enciclopedia Francesa, que no es otra cosa que un conjunto de saberes, distribuidos en 35 volúmenes. Son 30 años, donde colaboradores de distinto signo persiguen《demoler el orden de ideas tradicional en todos los ámbitos del saber》.

A la cabeza de  esta obra  estarán Diderot, D’Alembert y una larga lista de los mejores pensadores de la época. Pero en realidad los ideólogos de la Ilustración fueron: Montesquieu, Voltaire y Rousseau.

Nos concretaremos en hablar solamente de Francois-Marie Arouet. Nació en París en 1694 y conocido universalmente por el seudónimo de Voltaire que se dio a sí mismo, y es uno de los intelectuales más polifacéticos e importantes del Siglo de las Luces, cuya obra ha sido admirada y execrada, pero nunca marginada.

Con todo, no le faltan momentos difíciles en su vida. En los primeros años de su madurez fue encarcelado dos veces en La Bastilla por denunciar la prepotencia de los nobles; luego se exilió en Londres. Allí conoció la filosofía inglesa (Locke) y la metodología científica de Newton. Posteriormente al publicar sus Cartas Inglesas donde crítica la sociedad francesa y aboga por la tolerancia tiene que huir de París y refugiarse en el Castillo de Cirey, que pertenecía a su amante, la culta dama Mme. Chatelet, donde permanece 15 años. A la muerte de su protectora, comienza una nueva peregrinación que culmina después de 28 años de ausencia, cuando fue recibido por una multitud que aclamaba al《porfiado》anciano ya muy cerca de su muerte, que ocurrió en 1778. Pero más aún, 13 años después de fallecido, en 1791, este hombre —que marca un punto de inflexión en la historia universal— era trasladado al Panteón en París por más de 100.000 personas ¡increíble!, ¿saben la inscripción que estaba sobre su urna?… Esta:《ÉL NOS ENSEÑÓ A SER LIBRES.》. Deduce Uslar Braum: “muchos se suicidarían por un epitafio semejante”.

Allá quedó quién dijo: la discordia es la peste, la tolerancia es el respeto. Allá quedó quién recomendaba: perdonémonos recíprocamente nuestras necedades. Allá quedó quién observó que si la intolerancia política se une con la religión, el resultado es devastador.

Allá está el hombre que proclamó contra los fanáticos el ridículo universal; quien hace de su propia locura un delito es un fanático y, agrega: las leyes y la religión no sirven contra esta peste a las ánimas《fanatismo》pues él consideraba que el fanático no puede ser disuadido con argumentos racionales.

Por último, allá quedó el pensador que, burla burlando, con su Cándido, opuso a Leibniz y su teoría  de la armonía preestablecida que nos ubica en el mejor de los mundos posibles, el optimismo exacerbado, pues.

Como es lógico, no le faltaron los ataques despiadados de sus adversarios: enemigo de Dios y de su religión, ateo y cuántos epítetos descalificándolo… Hasta ¡deicida! Realmente él fue un deísta, sino cómo se explica esta expresión: 《 si no existiera Dios, habría que inventarlo》.

Un dato bastante curioso que, ni me lo imaginaba, es el que cita Haydn Mason en su biografía de Voltaire: en 1761, el biografiado reconstruyó una iglesia y añadió la famosa inscripción: 《Deo Erexit Voltaire 》 (que permanece todavía), y comentó que era la única iglesia dedicada a Dios en vez de a uno de sus intermediarios.

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