Opinión

J. M. Cruxent, arqueólogo de la Tierra de Gracia

“Amo mucho el trabajo, creo que aún no ha terminado. En Venezuela falta mucho por hacer en materia arqueológica”, afirmó en una oportunidad José María Cruxent, a quien recordamos este 23 de febrero, al cumplirse 16 años de su siembra en Coro.  


En su diario, el 31 de julio de 1498, Cristóbal Colón llama –lo que andando el tiempo será Venezuela– con el espiritual y evocador nombre de “Tierra de Gracia”.  

Ante la Tierra de Gracia había un paso marítimo donde las corrientes luchaban, allí el agua salada del mar se tornaba alquímicamente en el agua dulce de un río invisible y poderoso: “La dulce empujaba a la otra porque no entrase —escribió el Almirante—, y la salada porque la otra no saliese.” Aquel río invisible era, en palabras de Julio Verne, el Soberbio Orinoco.

Para hacernos una idea, de la dimensión vital e intelectual de Cruxent, permítasenos una evocación. En un Encuentro Nacional de Investigadores de Arte Rupestre y Legado Indígena, celebrado en Barinas, escuché esta canción de rock, cantada por jóvenes llaneros:

J. M. Cruxent, Nómada del Tiempo

En el curso infinito del tiempo

una historia apasionante encontré,

en las páginas de un libro antiguo pude leer.

Soñé despierto una gran aventura,

un descubrimiento inolvidable,

un hallazgo original.

Pre-Coro:

Ven, amigo, que te voy a llevar,

Al pasado de América tú irás.

CORO:

Somos viajeros, viajeros del tiempo,

Las aguas profundas del tiempo naveguemos.

El signo de la historia por fin entenderemos.

No te quedes varado, no hay nada que temer.

Cruxent nos los muestra, así de simple es, así de simple es…

Exiliado de España, llegó a este lugar

para estudiar el pasado en un sendero terrenal.

Supo desde el primer momento

que Venezuela era su destino

del encuentro con la Ciencia, de una aventura sin igual.

Pre-Coro:

Ven, amigo, que te voy a llevar,

Al pasado de América tú irás.

CORO:

Somos viajeros, viajeros del tiempo,

Las aguas profundas del tiempo naveguemos.

El signo de la historia por fin entenderemos.

No te quedes varado, no hay nada hay que temer.

Cruxent nos lo muestra, así de simple es, así de simple es…

Fue científico y artista, fue vidente y soñador.

Fue explorador del pasado

 y el Gran Padre Orinoco navegó.

Siguió las huellas de los primeros pobladores

del continente americano, nuestros antepasados.

Dio voz a las antiguas tinajas de barro.

Con sus libros la Prehistoria descubrió a los venezolanos.

Ven, que te voy a llevar,

Al pasado lejano de América tu irás.

Vamos a viajar, el tiempo atravesar.

El signo de la historia en tus manos tendrás.

No te quedes varado, no hay nada que temer

Cruxent nos tiende la mano, así de simple es, así de simple es…

Pre-Coro:

Ven, amigo, que te voy a llevar,

Al pasado de América tú irás.

CORO:

Somos viajeros, viajeros del tiempo,

Las aguas profundas del tiempo naveguemos.

El signo de la historia por fin entenderemos.

No te quedes varado, no hay nada hay que temer.

Cruxent nos lo muestra, así de simple es, así de simple es…

Letra y Música: Néstor Rodríguez y Camilo Morón.

III

Nuestra línea de investigación: Los Petroglifos en Venezuela debe mucho a José María Cruxent. De la lectura de los múltiples escritos que les dedicara —21 trabajos publicados en revistas científicas nacionales y extranjeras— fueron surgiendo interrogantes, intuiciones, vislumbres de sendas posibles para abordar el tema. Así, pues, un buen día decidimos conocer al autor. Viajamos a Santa Ana de Coro, otrora Curiana de los Caquetíos, a buscarlo… Y lo encontramos.

Conocí a un Cruxent ya anciano una tarde de 2000. Quisiéramos hablar del hombre J. M. Cruxent —como firmaba sus obras científicas y artísticas—, del hombre hecho de sensación y de tiempo.

Del hombre de carne y hueso, el que nace y muere —sobre todo muere—, el hermano, el verdadero hermano, a decir de Miguel de Unamuno. Para hacerlo hemos de hablar del académico, del etnólogo, del geógrafo, del explorador, del artista, del visionario, de la leyenda…

José María Félix y Francisco de Paula Cruxent Roure —tal el nombre con el que lo bautizaron sus amorosos padres— nació en Cataluña, España, el 16 de Enero de 1911, ese fue el nacimiento del Cruxent físico. El Cruxent intelectual y espiritual se gestó laboriosamente bajo el Sol de la Tierra de Gracia: “En Venezuela me abren las puertas —dijo Cruxent en alguna ocasión—, me abren el corazón. Aquí encuentro lo que vine a buscar, porque vine como un inmigrante español que huía de la dictadura de Franco. Por todo eso yo le prometí a Venezuela darle su prehistoria, porque no la tenía, lo que había aquí sobre este tópico era muy poco. Venezuela me dio vida, me dio ilusión, ganas de vivir. Yo creí necesario cumplir con un deber, dar lo poco que sabía, yo venía a eso… Y cumplí.”

Cruxent siguió la ruta de Colón llevado por los vientos torvos del destierro. Llegó a la Tierra de Gracia, tras concluir la Guerra Civil Española, en 1940. En el frente de Teruel, del lado del bando Republicano, fue soldado, mensajero, fotógrafo, enfermero. La caída de la República sólo podía significar tres futuros elementales y terribles: la muerte, la cárcel, el exilio. Marcel Roche nos cuenta que llegó pobre, sin relaciones influyentes ni amigos, sin diplomas universitarios. Y precisa luminosamente: “En 1976, es considerado en el mundo como uno de los máximos expertos en arqueología americana y un gran maestro en su campo.” Esto lo logró en virtud de su voluntad, afán de estudio y dedicación a la investigación. Y en bellas y densas líneas que Roche escribiese cuando Cruxent fue distinguido con la categoría de Investigador Emérito del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC), empleó la palabra genio dos veces.

Diversos y generosos fueron los aportes de Cruxent a la cultura venezolana, cualquiera de ellos singularmente hubiese bastado para darle un lugar relevante en nuestra historia artística y científica: participó en la expedición franco-venezolana que descubrió las cabeceras del río Orinoco en 1951. Fue uno de los fundadores de la Escuela de Antropología y Sociología en la UCV en 1953.

Cruxent fue sembrado en Coro el 23 de febrero del 2005.

En 1958, publica la obra clásica “Arqueología Cronológica de Venezuela”, en coautoría con Irving Rouse, arqueólogo de la Universidad de Yale.  En 1959, inicia el Departamento de Antropología del IVIC. En la década de los 1960 y 1970 está en la primera línea de la vanguardia artística como miembro del “Techo de la Ballena” y adalid del movimiento Informalista.

En 1981, funda el Centro de Investigaciones Antropológicas Arqueológicas y Paleontológicas (CIAAP) de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM). Publica en 1988, en coautoría con E. Durán y N. Matheus, “Loza Popular Falconiana”, obra clásica y revolucionaría que modificó la valoración que hasta entonces se tenía en Venezuela de la cerámica tradicional como signo de atraso y subdesarrollo, para trocarla, cual Cenicienta, en un símbolo de identidad cultural, dignidad humana y belleza. Su obra escrita supera los doscientos títulos.

Desde 1956, Cruxent desafió el paradigma dominante, nacido en el seno del conservatismo arqueológico norteamericano, de una antigüedad del hombre en el continente americano estimada en 9.000 años.

Cruxent y otros valientes arqueólogos, en el Norte y en el Sur, propusieron, a partir de sus investigaciones de campo, una antigüedad más remota: 15.000 años. Este desafío se conoce como la Teoría del Poblamiento Temprano. Los yacimientos de El Jobo, Muaco y Taima-Taima ayudaron a decidir el debate al favor de la idea cruxentiana. Todos estos yacimientos están en Falcón.

Hablar de la Arqueología y la Antropología en Venezuela y en América, es hablar de Cruxent; su nombre está ligado estrechamente al alba científica de estas disciplinas en nuestra tierra y otras tierras americanas: Panamá, Jamaica, Brasil y República Dominicana le escucharon en sus aulas. Fue Investigador Emérito del IVIC en 1976, Premio Nacional de Ciencias en 1987, Doctor Honoris Causa de la UNEFM en 2001.

Juan Calzadilla alude a los aportes de la obra artística de Cruxent en estos términos: “Su pintura es como un estallido, nace de gestos y desencadena un potencial fisiológico, de adentro hacia afuera, ahondado no en una imagen externa, sino en las raíces de la vida que emerge con una fuerza primitiva. Es una obra nerviosa, demasiado personal para crear una escuela o un estilo, que produce el impacto deseado sin violentar los medios legítimos de que se vale. Suerte de escritura visceral.”

Cuando Cruxent recibió el Premio Nacional de Ciencia el 1987, lo dedicó al Estado Falcón: “En mi carrera, la mayor satisfacción la he encontrado en los años de mis investigaciones en territorio falconiano. Me he hecho en Falcón. Se lo debo a esta tierra. Verdaderamente, porque yo soy un provinciano y por retrueque el Premio pertenece a Falcón, a su Universidad y a los corianos.”

El cuerpo mortal que fue Cruxent —tenía 94 años—fue sembrado en Coro, Estado Falcón, Venezuela, un solitario (sólo un puñado de personas asistieron a la inhumación) 23 de febrero de 2005.

Calladamente, hicimos a un lado la Ciencia, el Arte, la Historia, y fuimos amigos en el Silencio. La última vez que nos vimos, los ojos azules del maestro evocaron su tierra natal en Cataluña, la derrota de la Guerra Civil, la aventura del Arte y las aguas sombrías y poderosas del Orinoco: “Tuve la oportunidad durante mis andanzas por la selva amazónica, en compañía de hombres naturales, de contemplar el agua negra que deforma con su reflejo mágico las figuras; los movimientos ondulantes con los espejismos, la luz verde del túnel vegetal… Me emocionaron los rayos filtrados iluminando fantasmagóricamente la anarquía de miles de plantas… El todo es agitado por la brisa invisible, las sombras deformantes nacidas del Sol, de la Luna, del Fuego… Todo un ambiente estático, pero en movimiento.”

La vida y la obra de J. M. Cruxent trascurrieron armoniosas por un mismo cauce de equilibrio, reflexión, sencillez y refinamiento. Su actitud vital y su apostura artística se hermanan en un todo, que es el resultado intencionado de una labor profunda, cuyo fruto ha sido una obra genuina, rebelde, libertaria. La vivencia ancestral y la modernidad son dos luces que en unen sus fulgores para dar nacimiento a una constelación de obras compuestas con la minuciosidad de un orfebre y la pasión de un aeda.

Etiquetas
Mostrar más

Gerardo Morón Sánchez

Periodista falconiano, a cargo de la fuente de sucesos, policial y judicial, también información general. Becario de la FNPI e Integrante de la Red Iberoamericana de Periodistas. Diario Nuevo Día "Periodismo que Integra".

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar