Especiales

«𝐋𝐚 𝐂𝐎𝐕𝐈𝐃-𝟏𝟗 𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐞𝐧𝐟𝐞𝐫𝐦𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐢𝐬𝐜𝐫𝐢𝐦𝐢𝐧𝐚𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚»

Aunque Tahel Romero superó la etapa más difícil y ha avanzado en su recuperación, asegura que es una batalla que “solo se gana con cariño, amor, fe, voluntad y determinación”, al mismo tiempo que propone áreas de rehabilitación física y psicológica post COVID-19 tanto en el sector público como privado.


Lo último que Tahel Romero pensó hace casi cuatro meses tras presentar fiebre es que tenía COVID-19. Y es que contrariamente a la indiferencia que muchos siguen mostrando ante el coronavirus en Venezuela, él se lo tomó muy en serio desde un principio.

«Más de lo que yo me cuidé no creo que mucha gente lo haga, lo que único que yo hacía era ir de mi casa a la oficina y viceversa; yo padezco de rinitis crónica pero de repente empecé a sentirme mal, estuve cuatro días con fiebre y pensábamos que era una gripe, no coronavirus, igual por descarte me hicieron la prueba rápida y salió negativa aunque en la placa de tórax se vio un pequeño avance de neumonía; luego el neumonólogo me mandó a hacerme una prueba lineal que al final arrojó positiva y no suficiente con que tenía COVID-19, lo tenía en un nivel altísimo. Yo todavía aún no tengo la certeza de dónde o cómo me contagié, presumo que fue en los lugares donde uno baja la guardia o que son de uso común como el ascensor o las escaleras de mi oficina o de mi edificio, porque yo no hablaba con nadie y cuando era estrictamente necesario prácticamente lo bañaba de alcohol, no me quitaba la mascarilla, tenía un círculo muy cerrado de personas con las que tenía contacto y a ninguna le ha dado coronavirus”, relató.

Tahel Romero: “El día que yo entré a la UCI habían tres personas más y yo soy el único que salió vivo”.

Ante esta situación, esa misma tarde del 17 de noviembre acudió junto a su esposa a una clínica en Mérida -donde reside- para recibir la atención médica respectiva y allí “empezó mi calvario porque es una enfermedad muy discriminatoria; cuando mi esposa les dijo que tenía COVID-19 en ese momento las cosas cambiaron del cielo a la tierra, es como antes cuando una persona tenía Lepra y eso que es una de las clínicas con el mejor equipo humano y técnico para este tratamiento; finalmente me ingresaron y en una silla de ruedas me llevaron al área COVID-19, hasta ese momento tuve contacto con personas comunes, inclusive con mi familia; luego me metieron en una habitación donde solo escuchaba a los pacientes que estaban en las otras habitaciones; uno pierde la noción del tiempo y no le podía ver la cara a nadie porque todo el personal estaba con los trajes especiales, por más que te tratan de hacer humana la situación no lo es, para nada ni te dicen cómo vas evolucionando, eso te crea más ansiedad porque no sabes si estás mejorando o retrocediendo más allá de lo que sientes”, acotó.

Si bien Tahel con 47 años de edad, entró a la clínica caminando y con un nivel de saturación de oxígeno en la sangre de 96%, se fue debilitando hasta el punto de registrar un 50% de capacidad pulmonar, “es decir, que si me quitaban el oxígeno yo me moría, estaba prácticamente desahuciado. Conmigo probaron varios tratamientos porque no me hacían efecto, tanto así que al noveno día mi esposa me comunicó que debían pasarme a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) para estabilizarme y administrarme otro antiviral mucho más fuerte”, lo que aunado a la colocación de una máscara de oxígeno especial por varios días, finalmente fue asimilado por su organismo evitando así que lo intubaran, hasta anular el virus el 10 de diciembre.

—¿Qué fue lo más difícil de toda esta experiencia? ¿Alguna anécdota que lo haya marcado?

—Lo más terrible es que te alejas de tu familia, se imaginarán el nivel de estrés que yo tenía cuando me ingresaron y me dicen despídase de su esposa, y se fue cerrando la puerta del ascensor tipo película, entre lágrimas llegué a pensar que no la vería más; por más que quiera tu familia no puede visitarte, yo quedé aislado de mis hijas y otra cosa que me marcó fue un día que yo llamaba al personal para que me ayudaran porque me estaba orinando pero no respondían y lo único que escuchaba era el sonido de un tirro cada vez que lo abres, resulta que estaban ocupados envolviendo el cuerpo de una señora que acababa de morir; yo solo pensaba en ese momento que el próximo podía ser yo.

»Yo entré pesando 155 kilos a la clínica y salí pesando 110, pero no fue hasta cuando mi esposa me estaba vistiendo el 24 de diciembre para que saliera del cuarto a compartir un rato con ella y su hijo, que me di cuenta de lo que había rebajado porque la camisa me quedaba como una bata, allí es cuando empiezo a tomar conciencia real de lo que me había pasado y llegaron las verdaderas consecuencias del coronavirus.

—¿A qué se refiere? ¿La enfermedad le dejó secuelas?

—Los primeros 10 días en mi casa me despertaba en la madrugada muchísimo y no podía caminar, apenas medio movía las piernas, entras a una fase de irritabilidad, para yo empezar a caminar pasaron tres semanas. Además, tuve que tomar 15 días pastillas para el corazón porque se me subía o bajaba mucho el ritmo cardíaco y un mes después, persistía la ansiedad, no podía dormir bien porque sentía que me estaba ahogando, el subconsciente se trauma. Todavía me da mucho dolor de cabeza y he engordado casi 25 kilos desde que salí de la clínica por la cantidad de esteroides que tomo, me he hinchado mucho y aún están por determinar si estoy reteniendo líquido; el pelo aún se me estaba cayendo y por eso me lo cortaron; todavía dependo de una persona porque quedas limitado física y psicológicamente, hasta cierto punto quedas discapacitado; yo aún no puedo decir que estoy completamente recuperado hasta que no me quite el oxígeno y logre caminar sin cansarme tanto.

»Esta situación, además, me costó uno de los trabajos que tenía, porque la mayoría de los empleadores no entiende lo que te está pasando porque no lo han vivido; a parte de los  gastos que implica, a mí gracias a Dios me ayudaron con los de la clínica y las medicinas, pero los gastos por rehabilitación y exámenes que requiero para la recuperación han salido de mis ahorros de toda la vida.

—¿Qué lección le dejó esta vivencia?

—Primero que la vida es frágil, que el coronavirus no es un cuento y por eso no debemos confiarnos ni quedarnos callados si presentamos algún síntoma para evitar complicaciones. Aprendí a tener mucha paciencia; a saber respirar, hoy entiendo la importancia que tienen los pulmones; a tener mucha fe, yo era agnóstico y aunque no salí de la clínica siendo El Papa con todo el respeto, yo me aferré mucho a la vida y recé mucho, me encomendé mucho a mi mamá y a mis antepasados.

»Además, a tener determinación y voluntad, pero sobre todo a valorar más la familia, mi esposa fue para mí fundamental durante mi paso por la clínica y ahora que estoy en casa; gracias a Dios, a los médicos, pero sobre todo a ella, estoy vivo; si uno no tiene una pareja, una madre, un hermano o un hijo que te ayude a superar todo, solo uno no puede por más dinero que tengas para cubrir todos los gastos porque te deprimes.


La frase:

Una cosa que recuerdo que es aterradora es que durante la primera etapa no solo te quedas solo y no conoces a nadie, sino que en las noches tú oyes cómo los demás pacientes se quejan, incluso mucho más que tú y cuando dejan de hacerlo es porque se murieron.

Etiquetas

Anailys Vargas

Periodista y Msc. en Gerencia de RRHH. Actualmente, editora de la versión impresa y digital del diario Nuevo Día.

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba
Cerrar
Cerrar