Opinión

El baúl de Raúl | Un sacerdote rompehuelgas

Al Travers lanzó los nueve episodios porque no había otro, le ganaron 24 – 2 y le conectaron 26 hits, 16 de las carreras fueron limpias.


En el año 1912 Al Travers un mozalbete de 20 años, estudiaba como seminarista en el St Joseph College de Philadelphia.

Era rubio, alto, seis pies una pulgada y robusto, 180 libras de puros músculos, porque constantemente hacia deportes y en especial y frenéticamente el beisbol.

No obstante, cuando participó entre los aspirantes a formar el equipo del College, fue eliminado por no ser suficientemente bueno para esa categoría.

Ah! pero las Grandes Ligas iban abrirles una puerta poco después, por la vía de Ty Cobb y en pleno Shibe Park, la casa Philadelphia de los Atléticos de entonces, el gran equipo ganador de esos días, en mano de su propietario y manager Connie Mack.

El 18 de mayo de 1912, un vecino y compañero de  estudios de Al, llamado Jimmy Bannister le contaba: “Están buscando jugadores para las Grandes Ligas”.

Al sonrió presumiendo una broma, pero Jimmy insistió:

“Si Al, dicen que todo lo que hay que hacer es presentarse al estadio, si uno quiere jugar. Si yo jugara como tú, pues iría”.

Allan Travers
FOTO / CORTESÍA

Al, habría sido desechado de la pelota escolar por mediocre, pero su entusiasmo juvenil era suficiente para emprender una aventura en la cual nada podía perder.

Además era sábado, por lo que no había clases y tenia todo el día libre, se armó del guante y los zapatos que usaba para jugar y se presentó al clubhouse de los Tigres de Detroit. 

El manager Hugh Jennings andaba desesperado armando el roster para el juego de esa tarde a la una y media.

“Soy lanzador derecho señor”, respondió Travers a la pregunta obligada, Jennigns como es de suponer carecía de tiempo para estar probando a los peloteros que le llegaban, por lo que recalco: “Eres el lanzador de esta tarde, te pagare 15 dólares, así que prepárate”.

Todo había comenzado tres días antes en Yankee Stadium, cuando Ty Cobb subió a la tribuna en pleno juego para perseguir a un fanático gritón. El presidente de la Liga Americana Ben Johnson suspendió a Cobb indefinidamente.

Entonces al viajar a Philadelphia, los demás jugadores de los Tigres decidieron declararse en huelga en protesta por la sanción.

Un forfeit hubiese podido significar que expulsaran a la franquicia de la Liga, por lo que el manager Jennigns y sus coachs James Deacon y Joe Sudgen se declararon en emergencia y desde el día anterior buscaban a los sustitutos por toda la ciudad.

Como pudieron presentaron una alineación con los nuevos jugadores del club.

Travers lanzo los nueve episodios porque no había otro, le ganaron 24 – 2 y le conectaron 26 hits, 16 de las carreras fueron limpias.

Al día siguiente termino la huelga cuando Cobb regreso para el juego dominical y Travers volvió a sus estudios hasta ordenarse de sacerdote, ya de sotana, solía ir a los juegos y comentar: “Mi fugaz aparición en Grandes Ligas fue un premio de Dios y uno de mis recuerdos favoritos”. Osea romper una huelga de peloteros no es pecado.

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