Opinión

La Biblia y la Concepción del tiempo

Jesús Martínez nos dice que Dios no está limitado como nosotros por el factor espacio-tiempo, su esfera se rige por otra dimensión innombrable y desconocida para el hombre.


La vida es sólo un instante, “siendo nuestros días sobre la tierra como sombra” (Job.8:9); “Porque ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Sant.4:14); los días de nuestra edad son setenta años y en los más fuertes, ochenta (Sal.90:10), estos textos nos muestran el carácter transitorio de la vida. Esta vida es la única oportunidad que tenemos para tener un encuentro con Dios (Ecl.9:6-10). Con la caída del hombre, apareció un cambio importante y drástico: la segunda ley de la termodinámica dice, que el desorden de cualquier sistema (la entropía) aumentará con el tiempo. En otras palabras el mundo, y su diversidad de vidas, marchan inexorablemente hacia la muerte. Con mucha razón, pues la Escritura afirma que “la paga del pecado es la muerte” (Rm 6:23). La eternidad a la cual estaba destinada este mundo, fue suspendida, y el deterioro de la vida se hace presente con el transcurrir y el paso del tiempo. Por lo tanto, el tiempo y el espacio que hoy conocemos son el resultado del pecado. En otras palabras, Dios limitó o encerró el pecado en tiempo y espacio en este planeta y aunque Las Escrituras presentan el transcurrir del tiempo como lineal, existen algunos ciclos que de manera constante suelen repetirse como resultado de estos límites que el pecado ocasionó.

La palabra hebrea que traducimos como “año” es “shaná”, pero literalmente significa cambio, pues se entiende que lo que vivimos, por ejemplo, en el 2020 será distinto que lo se vivirá el 2021. Estos cambios son los diversos ciclos de la vida que todos experimentamos en diversos niveles. De allí que la Torá haya ordenado un conjunto de “moadim”, literalmente, “tiempos de encuentros”, uno de ellos es el shabbat, el tiempo en que la familia se reúne cada siete días con Su Creador; y las festividades anuales, las cuales anuncian el “gran cambio”, el de la redención o “año de la gracia”. Por eso la Biblia nos ordena “santificar el tiempo”, apartar un espacio del tiempo semanal para un uso sagrado en honor al Creador (el shabbat). También se nos habla de “redimir el tiempo”, es decir, aprovechar el tiempo para nuestro crecimiento personal o espiritual.

“Aquello que fue, ya es; y lo que ha de ser, fue ya; y Dios restaura lo que pasó” (Ecl.3:15); “¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol (Ecl.1:9), textos como estos no deberían entenderse como una concepción cíclica del tiempo sino como los ciclos constantes presentes en esta vida, en donde el mismo tiempo, sucesos u oportunidades acontecen a todos (Ecl.9:11); por ejemplo: las estaciones del año, los días de la semana, los meses (Sal.104:19), las horas, el ciclo del agua (Job.36:27), los sucesos de causa y efecto en el accionar del hombre y su desobediencia ante Dios (Gál.6:7), los eventos de juicios presentes en la naturaleza (Rm.8:22), la muerte (Ecle.3:19), el mismo ciclo de la vida (Job.39:2), entre otros, es decir, el pecado ha creado un patrón de acontecimientos que suelen repetirse en el espacio-tiempo de este planeta. El tiempo siempre avanzará en línea recta, los segundos y minutos pasarán y el cómputo de los años se hará de manera ascendente, es decir, el tiempo inicia en un punto del pasado y se proyecta hasta el futuro, de esta manera también se manifiesta el tiempo en nuestra mente; todas las profecías de tiempo así lo indican (Dn.2:36-45). Este mundo tuvo un inicio y tendrá un fin, ambos eventos están separados por miles de años, no se encuentran en ningún punto del espacio-tiempo, pues son totalmente distintos.

Dios no está limitado como nosotros por el factor espacio-tiempo, su esfera se rige por otra dimensión innombrable y desconocida para el hombre, “Porque mil años delante de tus ojos Son como el día de ayer, que pasó, Y como una de las vigilias de la noche” (Sal.90:4); “Pero tú eres el mismo, Y tus años no se acabarán” (Sal.102:27). “Los efectos predichos por la teoría de la relatividad son imperceptibles en nuestra vida cotidiana y sólo se manifiestan cuando se involucran velocidades comparadas a la de la luz. Consideremos como ejemplo, una nave espacial que se mueve con una velocidad muy alta, despega de la tierra y regresa después de recorrer cierta distancia. Según la relatividad, el tiempo transcurre normalmente tanto para los que se quedaron en la tierra como para los pasajeros de la nave, pero esos dos tiempos no son iguales. Al regresar a la tierra, los tripulantes de la nave constatarán que el viaje duró para ellos un tiempo menor que para los que se quedaron. Más precisamente el tiempo medido en la nave es más corto que el medido en la tierra por un factor de acortamiento. Si la nave viaja a la velocidad de la luz, su tiempo puede ser muy corto con respecto al transcurrido en la tierra. Por ejemplo, a la v de 295.000 km/seg una nave espacial tardaría unos 20 años medidos en la tierra para ir a la estrella Sirio y regresar; sin embargo, para los tripulantes de la nave habrán pasado sólo 3 años y medio” (Albert Einstein). Es decir, el tiempo transcurre más lentamente para aquel que viaja a velocidades cercanas a la de la luz, y por eso, se presenta la increíble noción que ha transcurrido menos tiempo.

     El Señor Jesús cuando resucitó, apareció primeramente a María Magdalena y ésta no lo pudo tocar (Jn.20:11-17); esto ocurrió el domingo en la mañana. Ese mismo día en la noche aparece a los discípulos pero Tomás no estaba (Jn.20:19-23); ocho días después aparece nuevamente a los discípulos incluyendo a Tomás y es aquí cuando el discípulo incrédulo lo pudo tocar (Jn.20:24-29). Desde que María Magdalena no pudo tocar al Señor hasta que Tomás lo hizo transcurrieron en la tierra unos ocho días, mientras que en el cielo habría pasado un día y medio, tiempo que pudo haber durado su viaje de ida y vuelta de la tierra al tercer cielo y una ceremonia especial de bienvenida celebrada en el mismo cielo que indicaba que su sacrificio fue aceptado por el Padre.

     “Bendito Jehová Dios de Israel, Desde la eternidad y hasta la eternidad; Y diga todo el pueblo, Amén. Aleluya” (Sal.106:48). Mientras que los seres de este planeta fenecen uno a uno y van desapareciendo (Ecl.1:4), Dios sigue allí, es el único con inmortalidad y sus días no serán jamás contados.


Jesús Martínez, Lcdo. en Teología, Magíster en Teología Pastoral. Gracias al Rabí, Doctor y Físico Williams Pitter por su aporte en la elaboración de este material.

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Anailys Vargas

Periodista y Msc. en Gerencia de RRHH. Actualmente, editora de la versión impresa y digital del diario Nuevo Día.

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