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José Bravo: Venezuela respira, otra vez

El venezolano tiene una imperiosa necesidad de consumo.


Después de varios años de una asfixiante depresión económica, el país respira un nuevo aire. Las familias vuelven a hacer compras –todavía modestas–, los negocios hacen ofertas (todo por 1$), los proveedores otorgan facilidades de pago (créditos), todos conocen la tasa del dólar, y los anaqueles vacíos parecen cosa del pasado (gracias a Dios).

Los productos nacionales compiten con los importados y los precios se mantienen razonablemente estables. Los salarios –que siguen siendo de los más bajos de Latinoamérica– recuperan lentamente su valor. Nadie trabaja por el mínimo (ni locos).

En cualquier barrio te encuentras no con una, ni dos, sino cinco o más bodegas que se mantienen abiertas hasta después de las ocho de la noche. Y cada tanto abre un nuevo puesto o local de comida, respondiendo a una necesidad: El venezolano quiere volver a comer en la calle con normalidad, sin que ello comprometa el presupuesto familiar.

La gente quiere salir, divertirse, compartir con sus hijos.

El comerciante quiere vender, el productor producir y el consumidor necesita comprar, «llevar el pan a la mesa». Parece algo lógico, pero este esquema que es tan sencillo dejó de serlo durante mucho tiempo.

La lógica no es precisamente lo que guía el destino del país.

Pero la dinámica cambió, o al menos eso es lo que parece, porque hay una sensación –real o supuesta– de recuperación. Más allá de los negocios y empresas de dudosa procedencia, la energía empresarial del país se siente reactivarse.

Después de todo, es en una economía con más certezas y menos arbitrariedades, con más ciudadanía y menos Estado, con más «privado» y menos «público», donde se pueden sentar las bases de un país más sensato, más seguro y más libre.

Créditos: Graduando en Estudios Internacionales José Antonio Bravo Rujano. @josetorolo

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