Ver el desastre de los terremotos, a través de la pantalla, sea de la televisión o dispositivos móviles, crea una percepción de lo que ocurre en el lugar.
Pero estar allí y ver lo que se mueve detrás de las cámaras, son imágenes imborrables que te permiten obtener otra perspectiva del desastre.


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Entre los escombros te hacen ver una realidad que normalmente pasa desapercibida.

Son los rostros, el corazón, las manos, el alma y el espíritu de los rescatistas y voluntarios que sin importar los riesgos, el calor, la sed, la incomodidad, el hambre, su objetivo estás fijado en encontrar vida.

Y esto se vivió en el colapso estructural de una de las dos torres del conjunto residencial «Lamar suite» de Tucacas tras el doble sacudón telúrico registrado por encima de los 7 grados en la escala de Richter del pasado 24 de junio.

Cuando fijas tu mirada en los detalles ves a hombres que sacan fuerzas desde el interior para cargar escombros, dar martillazos, quitar obstáculos cuando se abren paso en un reducido canal en búsqueda de alguna respuesta o señal de vida.

Uniformes que dejan todo en el terreno, algunos con voz de mando, otros cumpliendo cabalmente las orientaciones.

Ves expresiones corporales de pies y manos que se mueven solas hacia el lugar para despejar vías de acceso.

Miradas fijas en el objetivo de quitar todo obstáculo para llegar a los lugares donde se encontraban las personas al momento del sismo, guiados por la voz de los familiares que lograron salir antes del derrumbe.

Muy adentro del desastre
Quienes no logran formar parte del contingente de relevo para las labores de fuerza, analizan y revisan en sus conocimientos y experiencias posibles estrategias.

Otros sencillamente esperan el llamado para ofrecer lo mejor de si, en el área que lo necesiten, no importa si es solo pasar las herramientas, hacer una cadena humana, improvisar puntales o piezas para sostener la estructura, aplicar destrezas de rapel para subir o bajar de ella, lo importante es engranar en el trabajo de hormiguita.

Cada segundo, cada minuto y cada hora el cansancio se acumula, pero algo aún más grande y motivador es la fé y la esperanza de encontrar resultados satisfactorios.

Esa convicción hace desaparecer la angustia y la incertidumbre para darle paso a la fortaleza genuina.

Todos los rescatistas y voluntarios con vidas propias hacen a un lado sus sentimientos para entregarse en cada acción que ayude a las labores de búsquedas.

No importa el tiempo que se pueda pasar viendo las paredes derrumbadas, el mobiliario destruido, los destrozos del concreto, el develado de las cabillas, la mezcla del piso con el techo, la llama de la esperanza arde cada segundo por conseguir un aliento de vida.

Así se mueven los protagonistas detrás de las cámaras arriesgando su vida por la de otros.


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