Cobija pa más calor

Emilis González Ordoñez

Las colas ahora, por lo de la pandemia, suelen ser distintas, no tan juntos, más distantes, pero el espíritu conversador de algunas personas no cambia.


He de reconocer que suelo ser muy tímida, pero muy curiosa. En una cola jamás buscaré conversación con los vecinos, buscaré mimetizarme con la pared o con el piso, perooooo, si suelo ser curiosa y, mientras intento pasar por invisible, escucho las conversaciones de los demás. De esas conversas he aprendido, me he asustado, me he reído y, lo mejor creo yo, han salido algunos de mis artículos.

Las colas ahora, por lo de la pandemia, suelen ser distintas, no tan juntos, más distantes, pero el espíritu conversador de algunas personas no cambia. Entonces ahora las conversas son a voz en cuello para que el otro, en el lugar señalado para hacer cola, pueda escuchar. Eso me ha facilitado mi espíritu de observación. La semana pasada, en la cola de una panadería, escuché la conversa de tres señoras, cincuentonas pero adentrados en esa década, pero con esas indumentarias deportivas de veinteañeras. En su cuerpo no solamente había varios miles de dólares invertidos en silicona y cirugías estéticas; noooo, ahí también había horas de gimnasio y constancia que reconozco, no tengo. Eran unas señoras, pero no cualquier señoras. Esas estaban todo lo bien que no están algunas veinteañeras.

Les voy a reconocer que las observé primero con envidia, ni en mis mejores años me he visto así. Luego, solo luego de rumiar mi inicial rabia, rencor y envidia; si, mi rencor, para que lo voy a negar; fue que pude prestar atención a lo que decían.

– Ajá. Terminaste con este niño. Es que no puedo creer que saliste con él. Si ustedes no son de mundos diferentes, son de planetas diferentes.

– Ay sí. Dejaste al putico.

– Momentico. Deja la falta de respeto. Él no es eso. Él trabaja y no de eso.

– Si bueno, el no es eso. Y eso no lo juzgo. Yo digo es que eran muy diferentes. ¿De qué hablaban? Eso es algo que me ha intrigado siempre.

– ¿Y quién te dijo a ti que yo lo quería para hablar?

Mientras ellas se reían sin ningun tipo de discreción. Yo pensaba, claro, cada quien tiene una utilidad. Al menos.

– Bueno, allá ustedes. Yo insisto que nunca saldría con alguien menor que yo. Aclaró la que calificaba de “putico” al exnovio de la amiga.

– Bueno, salir, salir, tampoco era que salíamos mucho. Para lo que yo lo quería no hacia falta muchas locaciones exteriores.

Nuevamente risas para todo el local. Las cajeras las miraban inquietas por seguir escuchando y mal disimulando las sonrisas.

– ¿Y entonces?

– Es que fíjate. Un día me dijo. Ay me dio hambre. Y yo le dije. Listo, voy a pedir un delivery. Él, ok. ok. ¿qué vas a pedir? Yo: me provoca como shushi. Él, queeee. Noooo. Pescado crudo no. guacala. Pídete un chicharrón de pollo. Unas arepas maracuchas. Yo me quería morir.

– Eso no es nada. Yo salí con uno ahí. Lindo y bello. Escultural y perfecto. Uno ahí del gimnasio que me dijo un día. Tengo hambre. Ok, vamos a un restaurante o pedimos algo. No vale. Para que vas a gastar. Mejor me haces tú unas arepas. ¿Tú has visto? Si yo quisiera un hombre que me quiera tener de esclava en la cocina me hubiese quedado con mi ex esposo. No vale. La gente no se ubica chica.

– Bueno. Pero peor es uno con el que salí yo, tambien de ahi del gym. Uno bello y hecho a mano y con amor. Como a la cuarta vez que salimos me dice que él quería conocer a “los cuañados”. Así decía, a los cuañados y a mis hijos. Tuve que decírselo. Mi amor, usted no se ha ubicado en tiempo y espacio. Usted es un culito. Los culitos no conocen a nadie. Son invisibles. Y desaparecen rápidamente. (Mientras ellas se reían por lo efímero de los culitos. Yo tenía ganas de intervenir y preguntarle: mira hipócrita. Tu no que no salias con muchachos. Me vas a decir que el culito tenía 50. No sé cómo, pero me contuve) Ahí le dio una crisis. Que no. que no podía ser. Que yo era de él, de él y de más nadie. Uy. Lo corrí en el acto.

– Lo mejor que hiciste. Nooooo. Si quisíeramos ese yugo, aun estaríamos casadas. Esclavizadas para otro. No, yo soy independiente y libre. Buscarse alguien así para cocinar, lavar, planchar y además pedirle permiso hasta para respirar. Eso es buscar cobija para más calor.

Llegó mi turno, pagué y me fui porque no tenía excusa para seguirlas escuchando. Solo lamento no preguntarles el número del delivery del sushi y para qué gimnasio era que iban. Una nunca sabe si de pronto le da frío.